viernes, 13 de abril de 2012

SIGNATURA 400


Indudablemente el asunto de los libros, desde cualquier perspectiva, es el que más interesa al bibliotrópata, por ello cuando encuentra un libro que habla sobre libros lo disfruta con especial fruición; pero además, si este hallazgo trata al mismo tiempo sobre la profesión que uno desempeña, el descubrimiento es doblemente celebrado. Hay que reconocer que no es muy habitual dar con un ejemplar en el que se cumplan estas dos premisas, pero en mi caso, no sé si fue el azar que se muestra siempre caprichoso, o mi capacidad bibliotrópata practicada durante años, la cual me permite pasarme impasible horas y horas revisando las baldas de las librerías,  lo que supuso que finalmente diera con Signatura 400.  

Se trata de una ocurrente novela de no más de un centenar de páginas de la francesa Sophie Divry, ambientada en una biblioteca, donde la bibliotecaria entabla una curiosa conversación con un usuario de la misma, usuario, que olvidado por todos, había pasado la noche en el sótano, encontrado al día siguiente por la protagonista. Por una vez, la bibliotecaria que ni siquiera tiene nombre, y a quien nadie se dirige como no sea para pedir libros en préstamo, es la única que habla, porque en realidad la novela es un extenso monólogo sobre el origen, la historia y la situación actual de las bibliotecas y de la cultura en general.

La diligente bibliotecaria se pasa el día ordenando, clasificando y poniendo signaturas. Es totalmente organizada y detesta la anarquía, por ello adora a Dewey, el creador de la CDU, el sistema de organización de las bibliotecas. Así y todo, reconoce que le  incomoda un tanto la visión de una biblioteca, recorrida por largas estanterías organizadas por materias, donde cualquier aspecto de nuestra vida está absolutamente circunscrito: desde nuestro pensamiento y religión, hasta nuestras aficiones, la economía, el arte, nuestro pasado, o incluso nuestra sexualidad. Todo está minuciosamente clasificado, y todo en distintas signaturas para complicarlo aún más.

Podría pensarse que Signatura 400 es un libro escrito por una bibliotecaria para sus similares; y por supuesto que se trata de una novela que va a entusiasmar sobre todo al gremio de bibliotecarios y libreros, pero aparte de esto, en el fondo subyace una interesante reflexión sobre la “democratización de la cultura”. La bibliotecaria, generalmente ninguneada y confinada en un sótano en la sección de geografía, únicamente dos signaturas, la 900 y la 910, cuando por una vez tiene delante un usuario que no puede escapar, toma la palabra y extiende una larga perorata sobre la calidad de los libros que se publican actualmente. Experimentada lectora de autores clásicos, detesta las insulsas y ridículas novelas románticas, pero lo que más odia son los libros que denomina “exprés, libros que se “encargan, se escriben, se imprimen, se televisan, se compran, se retiran, y se destruyen”; libros, como ella afirman, que nacen con fecha de caducidad, y que no sirven más que para envolver sardinas, opinión que comparto en gran medida. Hoy en día la mayoría de los libros se publican bajo distintivos del tipo “la novela del año”, “la mejor novela jamás escrita”, “el autor revelación” y lemas semejantes. Sin embargo, de cuánto de esos libros nos acordamos a la vuelta de dos días. Quizás, uno de los rasgos más característicos de nuestra sociedad es primar el presente y sus contingencias sobre la importancia de valores y conocimientos adquiridos a través de una cultura secular. Desgraciadamente, una cultura como la nuestra, probablemente no dejará huella.

Pero a nuestra desencantada bibliotecaria no es sólo esto lo que más le preocupa. El hecho que más le indigna y le crispa los nervios es el hueco que ha dejado la signatura 400, la de las lenguas, la base de nuestro pensamiento, que ha sido eliminada en  todas las bibliotecas, para pasarla al 800. Tal vez esta supresión suponga una metáfora de esta inanidad cultural a la que estamos asistiendo. Por suerte, como a esta bibliotecaria, siempre  nos queda la buena literatura y  los libros, los buenos libros, como dice ella, para elevarnos.










 
A pesar  de que la edición española a cargo de Blackie Books emuy cuidada y resulta original, no he podido resistirme a colgar la portada de la edición francesa, bastante más sutil.

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